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¿Por qué conmemorar el Día del Cine Chileno?

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noviembre 29, 2012 | No hay comentarios



De todos los archivos existentes en el mundo, el cerebro debe ser uno de los más complejos. Almacena bajo criterios de selección muy particulares, es capaz de recuperar elementos expurgados hace mucho tiempo o eliminar archivos producidos hace pocos minutos. ¿Qué es un recuerdo? ¿Son conexiones neuronales que superan los millones de byts que posee un computador, o sensaciones subjetivas de un imaginario de realidad?

Carmen Bueno fue detenida por agentes de la DINA el Día 29 de Noviembre en las calles Bilbao con Los Leones, mientras iba camino a su trabajo junto a su pareja, el camarógrafo Jorge Müller. Testimonios señalan que Carmen fue trasladada al centro clandestino de Villa Grimaldi, y posteriormente a Tres Álamos, donde se pierde su pista. Jorge Müller habría seguido la misma ruta. Solo se vuelve a saber de ellos en Julio de 1975, cuando sus nombres aparecen en una nómina de chilenos muertos en Argentina publicada en un falso medio de comunicación, un montaje que es conocido hoy como “el caso de los 119″, aludiendo a los desaparecidos que figuran en tal nómina. Posteriormente, y ante los requerimientos de los familiares y la comunidad internacional, la dictadura reiteradamente se negó a realizar los procedimientos e investigaciones correspondientes.

Jorge Müller había sido fotógrafo y camarógrafo en películas como “La Expropiación” de Raúl Ruiz o “La Batalla de Chile” de Patricio Guzmán, montada en el exilio luego del golpe de estado. Carmen Bueno, que había estudiado en la EAC de la UC, había participado en “La Tierra prometida” de Miguel Littín y “A la sombra del Sol” de Pablo Perelman y Silvio Caiozzi. Ambos estaban fuertemente incorporados a un movimiento fílmico que se comprometía con la realidad, con las clases más vulnerables y con la posibilidad de que el cine se convirtiera en una herramienta para educar e informar al pueblo.

En 1984 -en plena dictadura- la APTA convocó a los cineastas que aún estaban dentro del país a congregarse el día 29 de Noviembre, con el objetivo de conmemorar el “Día del Trabajador Audiovisual”, en la misma fecha en que Carmen y Jorge habían sido detenidos. Recordarlos se transformaba en una provocación, sobre todo cuando se hacía de manera abierta y como un momento de inflexión sobre la razón del ser cineasta en un país como el nuestro. Año tras año, la fecha comenzó a solidificarse e instituirse como un acto “de” los cineastas y “para” los cineastas.

Resultó caprichoso que, caída la dictadura, la Concertación decretara una nueva fecha para conmemorar el Día del Cine Chileno, esta vez en Junio, precisamente uno de los meses bajos en recaudación para las empresas distribuidoras y las cadenas exhibidoras filiales de las compañías norteamericanas. Posteriormente, año a año se modificaba la fecha de acuerdo a lo que reglara el mercado, incluso ofreciéndose subvenciones estatales a las grandes cadenas de cine para pasar películas chilenas, las mismas que durante el resto del año simplemente no acceden a las mismas salas.

Si bien Chile cambió, y muchos se entregaban abiertamente al mercado y a los ideales neoliberales, comenzó a surgir la inquietud por rescatar desde el olvido una instancia de reflexión sobre la naturaleza del hacer cine. Es ahí donde el ejemplo de Jorge Müller y Carmen Bueno, cineastas jóvenes y comprometidos con su entorno, se hace fundamental para entender una cadena que los artificios del olvido no puede hacer desaparecer. En Noviembre de 2010 realizamos en la Cineteca de la Universidad de Chile por primera vez la conmemoración del Día del Cine Chileno, a contracorriente de un superficial evento comercial realizado por el gobierno de turno en ese mismo año. Fue un acto lleno de simbolismos: se le entregó un reconocimiento a las investigadoras de cine Eliana Jara y Jacqueline Mouesca, se le regaló al padre de Jorge Müller una colección de DVD con las películas en que su hijo había realizado la fotografía y habló el entonces director de la Cineteca Pedro Chaskel. Al año siguiente, la presencia de la hermana de Carmen Bueno fue conmovedora, y permitió acercarnos un poco más a nuestra historia, la del cine y la del país.

¿Por qué conmemorar el día del cine chileno?

Sin querer exponer los horrores ni institucionalizarlos, recuperar un espacio simbólico y tradicional debía ser misión de un lugar que se dice consecuente con la salvaguarda de la memoria como es la Cineteca de la Universidad de Chile. Sin embargo, no es un gesto nostálgico, sino más bien el lugar donde la reflexión sobre el lugar que ocupan nuestros cineastas en las nuevas generaciones se hace relevante. No hay que olvidar el papel que cumplieron también otros cineastas como Jorge Di Lauro, Nieves Yankovic, Pedro Sienna, Armando Rojas Castro, Hugo Araya, Fernando Bellet, Diego Bonacina, Carlos Piaggio y tantos más que no deben ser sometidos al olvido ni a las veleidades de una historiografía oficial. No es un gesto nostálgico, por que la memoria debe traducirse en formación, y así que la actitud que ejercieron numerosos cineastas hoy desconocidos para las nuevas generaciones, sea el detonante que gatille nuevas formas de desarrollar la actividad y de enfrentarse a la vida. Limitar esta conmemoración al lugar común y a la melancolía sería acabar con ella, de la misma manera en que casi logra ocurrir en los años noventa y dos mil gracias al sistema mercantil que todo lo banaliza y tambien todo lo olvida. La conveniencia de lo ahistórico y lo apolítico es lo que debe identificarse como el mal que se debería subvertir.

Es importante en este contexto congregar a los cineastas jóvenes y sensibilizar a los numerosos estudiantes de cine de todo el país, proponer que se filme aún más y que también se piense más sobre el hacer cine. Y no solo eso, sino que generar una reflexión mayor sobre la salvaguarda de nuestra memoria visual, nuestro patrimonio y que por fin se de el trato justo a la preservación de ellos. No confiar solamente en la existencia de una instancia, sino que reinventar opciones de apropiación de un lugar que no puede anquilosarse en la retórica, sino que debe funcionar como un espejo que permita congregar el pluralismo, la diversidad y la autonomía de la creación.

Quizá el archivo más complejo sea nuestro cerebro. Pero podemos contribuir a darle sentido a todo aquello que vamos archivando, proyectarlo permitiendo que aquel archivo transforme en imágenes aquellas sensaciones que nos provoca la realidad.