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Todd Solondz: Autoría dentro del imperio

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octubre 17, 2015 | No hay comentarios



1.

Todd Solondz es un cineasta paradigmático y problemático dentro del panorama contemporáneo. Autor de una filmografía compleja y provocadora, en Chile sólo ha estrenado ocasionalmente alguna película, aunque en el exterior goza de amplio reconocimiento de la crítica. Lo anterior no tiene nada de problemático, aunque cabe señalar que su obra se incrusta dentro de los intersticios de la gran industria de cine comercial, aunque en su caso, subvirtiendo los cánones y modelos de representación para instalar una crítica feroz sobre el modelo neoliberal y las sociedades de consumo. Norteamericano de nacimiento, ha generado una serie de películas amargas, oscuras y crípticas, anómalas para la industria, pero que bien ha sabido leer a la sociedad capitalista no tanto para hacer una crítica, sino más bien para ubicarse como un observador pasmado ante una realidad que parece sobrepasarlo. Personajes que anhelan estar en otro lado, la utopía permanente, las perversiones como patrón de vida, el deseo reprimido y la ruptura del retrato de “familia feliz” son conceptos que atraviesan su filmografía, y que lo hacen trabajar en los bordes del modelo comercial como en sus películas “Palyndromes” o “Storytellin”, quizá sus más arriesgadas producciones en términos narrativos. En Chile, la única oportunidad de ver su obra ha sido en el Cine Club de la Universidad de Chile gracias a una retrospectiva del año 2010, donde se exhibieron todas sus películas estrenadas hasta ese minuto.

 

La tesis inicial de este texto es plantearse la posibilidad de encontrar rasgos autorales en el cine norteamericano comercial. Las convenciones a las cuales se somete la imagen espectacularizada por el comercio, propugna en este caso que emerja un artefacto fílmico, entendido como la apropiación de estrategias que son re-significadas a partir de las metodologías propias del mercado cinematográfico. Autor iconoclasta, nunca ha sido nominado a premios mayores en Estados Unidos, pero se vale de una obra que se apresta a estrenar su octavo largometraje en 25 años dedicados al cine. Invitado al BAFICI en 2005, queda la pregunta sobre cuándo conoceremos en Chile más profundamente la obra de un autor fundamental de finales del Siglo XX.

 

2.

La secuencia final de la película “Happiness” (1998) describe perfectamente la estrategia de relato que Solondz enfrenta sobre lo real: un niño en su intimidad deja de ser lo que es, para enfrentarse a una metamorfosis que se hibrida con la herencia de un padre pedófilo. El paso a la adultez es macabro, y devela la pertenencia histórica y tradicionalista clásica de la familia constituida, pero en este caso escindida y convertida en la imagen de un núcleo sonriente que parece obviar la ausencia del padre. El ahora adolescente se ubica fuera, se masturba, y vuelve a ingresar al núcleo.

La ambivalencia es un terreno habitual en las películas de Solondz, donde la reflexión visual cree en la herencia, asumiendo una condición de testigo ante el proceso social que incorpora la decadencia como recurso estético y prácticas cotidianas de mediación entre individuos. Los personajes muchas veces creen, pero se ven decepcionados ante su credulidad que siempre cae. En “Storytelling” (2001) la secuencia final muestra la imagen en video de un adolescente que mira a cámara mientras su casa está destruida en su fondo. Impávido, le dice a la cámara –o a quien está detrás de ella- si con esa imagen está conforme. La ausencia de moral es esta predominante de la sociedad convertida en la imagen de sí misma. La prensa o la publicidad generan lecturas de lo real, y Solondz parece querer generar un espacio sensible del malestar exacerbado que se enfrente a la complacencia de la entretención, para así configurar en el acto fílmico un espacio de tensión entre las posibilidades de la imagen y la autorepresentación.

 

En una película como “Palíndromos”, se exacerba la intención del lenguaje a contrapelo de un sistema de explotación social, generando una película tremendamente ambigua en el uso del relato: la protagonista está interpretada por diversas actrices de características físicas muy diferentes. La película bebe de muchas fuentes cinéfilas, pero también teatrales en el sentido de la conciencia del espectador sobre su realidad y el distanciamiento que genera una brecha entre obra y público. “Palíndromos” es una película que opta por constituir un público activo y crítico ya no sobre la obra, sino sobre el acto de ver en un cotidiano supeditado por la mirada (y su ocultamiento). La lectura simplista es aquella que reflexiona sobre los “sujetos excluidos”, pero, Solondz en ninguna película habla de tal: se trata de personajes incorporados a un modelo, pero ahogados en su malestar, lo cual no parece extraño cuando se trata generalmente de protagonistas adolescentes:

 

“Traté de enfatizar su fragilidad y vulnerabilidad. Pero hay que tomarla como una fábula, como El mago de Oz o Alicia en el país de las maravillas. Hay pelirrojas, negras, latinas, jóvenes y hasta Jennifer Jason-Leigh, que tiene más de 40, haciendo el personaje. Es como si Aviva hubiese vivido toda su vida y sólo tiene 13 años.”

 

Siguiendo a Cioran, son “hombres a los que no les da vergüenza existir”, por cuanto se exponen hasta el hastío, la vergüenza ajena, el pudor. En “Storytelling” es “Vi”, la muchacha que integra un taller de cuentos, quien se descubre incapaz de inventar un relato creíble y real, y por ende decide vivir una experiencia para convertirla en palabra. “Toby Oxman” en “Storytelling” solo quiere convertir en palabra audiovisual una vida tan simple e invisible como la de él, la de un audiovisualista que anhela trabajar en la gran industria pero se debate en su condición de pobreza. Lo mismo que ocurre en “Welcome to the dollhouse”, donde una adolescente instala el odio cotidiano como valor moral posible, o en “Happiness”, donde la soledad es el morbo que condiciona la posición ensimismada de los sujetos que anhelan un escape, algo que solo un niño puede encontrar al final de la película en clave de falsedad acrítica.

 

3.

Su última película, “Dark Horse” (2011), es aún más radical en su tratamiento, principalmente en el sentido de colocar como protagonista al arquetipo del neoliberalismo y el consumo. Un sujeto que se sabe dependiente de la individuación y que siente cansado un honor imposible. El protagonista es mostrado permanentemente adosado a la tecnología alienante: no para de chatear en su teléfono celular, las pantallas le rodean, interactúa con el mundo de la imagen, pero se sabe incapaz de relacionarse con el mundo. Esta frustración también se hace física, ya que su cuerpo se moldea al sedentarismo, la música pop, la erotización del mundo.

 

“Trato de entender la experiencia humana. No hay nada en mis películas que no veas en la tele.”

 

Los espacios inquietantes se ven apoyados por una tendencia clara de su último cine, donde retoma personajes e historias de sus primera películas, como si toda su obra se tratase de una gran película episódica sin fin, como una historia que no necesita de hitos para constituirse en un marasmo tan angustiante como apesadumbrado.

 

4.

La idea de este texto no es hacer un panegírico o un culto a la imagen de un autor. Sino proponer el problema de un cineasta que hace cine industrial pero que lo resignifica en sus cánones, ubicando como epicentro del relato un espacio crítico sobre las sociedades modernas y los modos de relacionarse entre los sujetos. El carácter humorístico de algunas secuencias no es sino una forma de evacuar contenidos de un pesimismo constituido en reflexión sobre el sistema, que descarta cualquier vacío discursivo aunque detalla en el vacío de la sociedad alienada. Se trata de un pintor hiperrealista, cuyos motivos de retrato terminan siendo tan desagradables como el consumo que asfixia, condiciona y moraliza.

 

Los personajes que incorpora en su filmografía dialogan con autores de carácter similar como Mike Leigh o Victor Sjöstrom, sabiéndose consciente del lugar en que operan sus obras, y sin la necesidad de caer en la tentación de operar como un cine “de denuncia desde el imperio”, caricatura sabrosa que no evade una serie de cineastas norteamericanos que saborean la delicadeza de un Oscar, y que son sutilmente ironizados en películas como “Storytelling”. Solondz ha ganado pocos premios en su trayectoria, posiblemente porque la perplejidad que generan sus obras hace tomar distancia de una entelequia legible en la primera faz, forjando una incomodidad propia del mundo contemporáneo en los sujetos que intentan subirse a esta y que encuentran en los software un modo de interactuar con esta.