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Sacco y Vanzetti: un debate en torno a la rectitud de la racionalidad (II)

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diciembre 19, 2011 | No hay comentarios


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El juicio como tema central de la historia es también un régimen de representación. Como ya hemos dicho, recapitulando, el filme Sacco y Vanzetti se estructura, en buena medida, por medio de rectas, ritmos, que van señalando, como si de una orquesta se tratara, la entrada o salida a diversos momentos, personajes y emocionalidades. Después de que los acusados son condenados, la película adquiere un ritmo distinto. Entra en escena el personaje del abogado Thompson (William Prince), que reemplaza a Moore como defensor de los imputados. Éste se dedica a intentar buscar a los verdaderos culpables, y a medida que su investigación avanza va hallando diversas evidencias que señalan la inocencia de los acusados, o al menos, dan pie para realizar un nuevo juicio. Revisitan a los testigos presentados por la parte acusadora, y van develando el montaje que fue el juicio. Es como si fuesen haciendo tambalear la arbitrariedad. Sin embargo, todos los antecedentes recabados no son considerados por el tribunal y se les niega a los acusados la posibilidad de revisar su caso. Además, varias pruebas necesarias para ello desaparecen sin dejar rastro. La investigación llevada a cabo por Thompson posee la particularidad de ser tan o más racional que las acusaciones de Katzmann. Usando los mismos métodos, busca fines completamente distintos. Pero, pese a sus esfuerzos, toda esta parte de la historia no cambia el resultado final.

Volvamos a la racionalidad que supuestamente se dejaría ver por medio de los recursos que he nombrado, las líneas y los ritmos. Para ello, es necesario volver al nudo principal del filme: el juicio. En éste, la racionalidad se encarna por medio de las palabras del abogado acusador Katzmann, y son contrastadas por el iracundo Moore.

Katzmann hace un uso abusivo de cifras y números (fechas, distancias) durante el juicio, como forma de presentar las pruebas. Serían razonamientos lógicos que usan a la razón y su despliegue bajo esas diversas formas. Son sistemas de representación, convenciones. La razón los revisa «objetivamente», como cuando se explica la posición de los imputados y sus movimientos en una pizarra con un plano de la escena del crimen. Ésta cuestión parece ponerse en duda en las escenas siguientes, en las que se interroga a los testigos presentados por el fiscal. Mientras los testigos declaran, señalando como culpables a Sacco, o bien a Vanzetti, podemos apreciar ciertas imágenes intercaladas, que apenas duran unos instantes. Estas imágenes muestran los dibujos que algunos periodistas realizan sobre los comentarios que realizan los testigos. El contraste se vuelve evidente, entre la seriedad y frialdad de las formas de representación anteriormente usadas (fechas, cifras, el plano de la escena del crimen) y las caricaturas, que ridiculizan a los testigos.



La recreación del asalto (nuevamente el tema de la representación, o del teatro en el teatro) también sería parte de la puesta en escena de la razón, del ordenamiento lógico que busca desentrañar la violencia. Para que la razón entre en la violencia, está obligada a destriparla y destazarla, en cierta forma. La justificación de la violencia por parte de la razón puesta al servicio de los poderes gubernamentales posee tal matiz. Es una violencia que se explica a sí misma por medio de su estricta racionalización, como las cifras, los argumentos, las pruebas, las pistas que le permitan liberarse por completo y erradicar de la faz de la tierra a aquellos que se le oponen.

Se trata de justificar la borradura, de darle un sustento lógico. En otras palabras: un juicio “justo”.

Las pruebas presentadas por la defensa tienen un carácter absolutamente contrario a las presentadas por los prosecutores. Encontramos cartas, como la de la madre de Sacco, o discursos y testimonios de testigos. Al lado de las cifras y datos de Katzmann, las palabras de los testigos parecen superfluas, y poco acordes con la racionalidad presente en el ordenamiento mismo de la sala del juzgado.

Todos estos contrates entre racionalidad y emocionalidad, presentadas bajo la forma de distintas líneas, ritmos y formas de representación, tienen un lugar en común en la escena del alegato en contra de los acusados por parte del abogado Frederick Katzmann, ante la corte presidida por el Juez Webster Thayer (Geoffrey Keen).

  • Katzmann: La pericia ha establecido que por lo menos un proyectil, el que mató a Berardelli (el guardia) fue disparada de la pistola del Sr. Sacco. Ante semejante evidencia, científica e irrefutable, todos los argumentos de los procesados se derrumban como un castillo de naipes.
  • Moore (abogado defensor): Decenas de testigos declararon…
  • Katzmann: ¿Cuáles testigos? Una fila de tristes personajes, sacados del submundo de nuestra sociedad… ¡Harapientos! La acusación demuestra la presencia de los acusados en el feroz atraco del 15 de abril en South Braintree. No ofendo a nadie pero los testigos italianos no tienen importancia…
  • Juez Webster Thayer: Sr. Katzmann, modere su lenguaje.
  • Moore: ¿Moderar? ¡Esto es racismo! Racismo…
  • Katzmann: ¿Quiere acabar en el banco de los acusados, abogado Moore?
  • Moore: El banco de los acusados es el lugar más limpio en esta sala.
  • Juez: ¡Abogado Moore!
  • Katzmann: Afrontemos la realidad. Mirándolos bien, son incivilizados. Italianos, griegos, polacos, puertorriqueños, chilenos. Da pena de verdad el esfuerzo que hacen para radicarse en una sociedad superior, tratando de asimilar nuestro modo de vivir y pensar…
  • Moore: ¡Esto es racismo!
  • Katzmann: Señores miembros del jurado: el racismo lo hace la defensa que contrapone testimonios de honorables ciudadanos americanos con testimonios irresponsables y escrupulosos. Un montón de inmigrantes, gente que no sabe nada de nuestros principios nacionales, de los grandes ideales de democracia y justicia que imperan en nuestro país. Individuos que no hablan nuestra lengua.
  • Moore: ¡Racismo! ¡Racismo! Son las mismas ideas de los fanáticos del Ku Klux Klan. Envenenan a América: Ku Klux Klan.
  • Juez: Otra palabra, abogado Moore, y lo acuso por ofensas al tribunal. Continúe, Sr. Katzmann.
  • Katzmann: Que representan el mayor peligro para nuestras libres organizaciones. Debemos tener comprensión, es cierto, pero no hasta el punto de…
  • Moore: ¡Racismo! ¡Racismo! Ku Klux Klan
  • Katzmann: El abogado californiano, el inefable Dr. Moore ha nombrado al Ku Klux Klan, ¿sabrá los vínculos que existen entre los inmigrantes? ¿Estará enterado de que entre los italianos existen ceremonias aberrantes en que la sangre del maestro se mezcla con la del discípulo? Son aberrantes… ¡Bárbaros! ¡Bárbaros!

Podemos considerar entonces que la argumentación desarrollada por los legisladores y la parte acusadora bien puede verse como una serie de reglas, de delimitaciones y clasificaciones. Un principio ordenador que se sustenta en ciertas reglas, en último punto, en un trazado que engloba grupos humanos por medio de instituciones, como el poder judicial. En otras palabras: líneas rectas. Las líneas del poder, que segregan, ordenan, separan, clasifican, condenan a los individuos. La palabra “bárbaro” es como un remate que condensa todas estas ideas. Él bárbaro es quien vive más allá de los límites del imperio, en este caso, del imperio de cierto tipo de racionalidad. Aceptarlo dentro de los límites implica que éste se ordene bajo ciertos preceptos, que renuncie a su anterior concepción. Compárese esta recta conceptual que señala el límite con las rectas que forman los policías en la primera escena de la película, con el orden jerárquico de la corte, con la recta del mesón del Juez, con la recta de la flecha que señala el voltaje en la escena de la silla eléctrica.

Una recta señala un inicio y un fin. Un trazo que no admite contaminación alguna en su dirección, es unidireccional. Sacco y Vanzetti, personajes ligados a la emocionalidad, aparecen como manchas, trazos anchos y sinuosos que no tienen posibilidad alguna de existir dentro del conjunto de los trazados rectilíneos que el poder (que va a condenarlos) necesita para sostenerse. Sacco y Vanzetti compadecen finalmente ante la máquina: la silla eléctrica. Con sus números indicadores que señalan un sistema de representación basado en la razón. La flecha que determina el voltaje que han de recibir, es un ejemplo más de esa razón al servicio de una ideología opresora y sus contradicciones: la luz que ilumina, la misma energía que parece equipararse con la luz de la razón, es usada para extraer la vida a los hombres.