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Raúl Ruiz: el último Gran Maestre de la cantina de mala Muerte

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agosto 24, 2011 | No hay comentarios



Raúl Ruiz tenía esa pinta de caballero medio desorientado, que lo invitaban a la ópera a ver “Fausto”. Llegaba tarde, venía sin dejar su nariz media rojiza y el diario que estaba leyendo un rato en la plaza. Se le queda la invitación, lo dejaban pasar igual… se perdía en la estúpida majestuosidad del gran teatro decimonónico, pero se entretenida vagando por esos parajes, hablaba con los empleados del teatro, llegaba al sótano, donde terminaba hablando con los fantasmas de los vestuarios de alguna obra de teatro olvidada, y de la nada aparecía adentro del escenario, justo al momento de la ovación, en la cual se miraba y terminaba aplaudiéndose a el mismo. Y, cuando le preguntaban por la obra, comentaba historias que algún marino mercante le contó en su niñez.

Cada vez más cuando venia se le acostumbraba llevarlo a pasear como si fuera un santo, dándole vueltas por la plaza y ovacionándolo. Lo subían al avión, se despedía feliz y luego nos volvíamos a olvidar de Ruiz, como el mismo decía “me tratan tan bien, con tanto cariño, ya seria mucho pedir que también vean mis películas”.

Una persona más que cineasta, bastante más desligado de ese concepto que uno ve en esos cineastas chilenos actuales, que te cuentan lo caro y difícil que es hacer cine, de cómo tenemos que abrir el mercado del cine. Para Raúl Ruiz el cine era más Física, Biología, Sociología, Enología, que el cuestionamiento de a quién le voy a vender mi película. Tenia ese talento de que no sabías si realmente entendía el significado de la vida o sólo te estaba weiando. El miraba el cine como una entidad viviente, un organismo que le daba vida, que en todas sus formas era curvo. Tal vez nunca se desligó de las historias que le contaban en su infancia; las anécdotas que escuchaba en algún comistrajo o bar de mala muerte; las conversaciones con grandes hombres; su fanatismo por Proust y Shakespeare; el delirio que conoció de toda las épocas de la humanidad en que vivió y las cosas que imaginaba su delirante mente.

Creo que fue al último hombre que le escuché hablar de la religión que profeso, “Alquimia y Filosofía de cantina”. Él amaba esa belleza del vino en jarra, el pernil, la prieta, con esa ensalada de tomate con cebolla, que brillantemente se nos ocurrió ponerle chilena. Algunos en este país de feudalistas intentaran licitar esa jarra de vino, ese pernil lo envasaran y le pondrán una marca de supermercado, pero más temprano que tarde ese pernil se volverá a comer a destajo y tomando ese vino en jarra bien conversado.

Por un lado lo recibirá un Chile mandado por los mismos que alguna vez lo mandaron a la clandestinidad. Por otro lado lo recibirá un pueblo que esta luchando en contra de ellos. Sólo esperemos que a Piñera no se le ocurra tocar su sarcófago. Aunque ya como todo gran poeta a su partir por el olvido que le dio su gente, el condenado una maldición deja.

Si quería saber cuántas películas hizo Raúl Ruiz y cuantos premios tenía, no me wee, busque en Wikipedia.