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Joel Potrykus: Cuando el cine independiente tiene algo que decir.

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octubre 28, 2016 | No hay comentarios



Uno de los focos este año en FICV estuvo centrado en la figura del cineasta, guionista y actor estadounidense Joel Potrykus (39) cuyas películas fascinaron al público (más bien a la mayoría, bueno, a gran parte de la gente con que hablé…en realidad a mi me gustaron mucho) tanto por su ingenio para narrar, como su retrato de la sociedad americana a través de seres marginales, pues sus protagonistas viven  al borde de la sociedad, cuestionando sus reglas y su moralidad, aprovechándose de los vacíos legales, siendo más que nada “bichos raros”.

 “Ape” (2012), su primer largometraje, le otorgó a Potrykus el premio a mejor director emergente y mejor ópera prima en el Festival de Locarno (2012). La obra se centra en un comediante de poco talento y gracia, que se ve atormentado por diferentes problemas cuyo origen es el mismo: la cuestionada calidad de sus chistes, a la vez que  su gran motivación en la vida es quemar cosas. De pronto, a nuestro “pirómano fome” le surge la posibilidad de realizar un pacto con el Diablo, para así solucionar sus problemas, sin embargo su suerte se ve teñida por la sangre y la presencia amenazante de un simio. El film establece las primeras características del director: el uso constante de corte a negro, el acompañamiento de una banda sonora cargada de Metal y una buena dosis de humor absurdo y negro.

“Buzzard” (2014) protagonizada, al igual que su anterior film, por Joshua Burge (quien  de por sí es gracioso, es cosa de ver su rostro) trata de un trabajador subcontratado que se aprovecha de las fallas más pequeñas del sistema para sacar el mínimo provecho económico, y que pasa el resto de su tiempo viendo televisión, leyendo cómics, jugando videojuegos y en un descomunal proyecto: un guante con cuchillos que tiene un control de supernintendo. Todo se empieza a derribar de a poco, lo que era en un comienzo la estafa del siglo se termina volviendo el peor error posible, sin embargo las garras cada vez se vuelven más filosas , y es que después de todo ¿hay algo de malo en aprovecharse del capitalismo asechante? Surgen nuevas características con las que podemos notar un estilo mucho más definido: la presencia reiterada de elementos de la subcultura americana en el arte del film, la sangre y las heridas grotescas como un recurso estético frecuente y una visualidad que apuesta por finales cargados de dudas e ilusiones.

Por último, “The Alchemist Cookbook” (2016) nos cuenta la historia de Sean, un hermitaño afroamericano, que alejado del sistema que tanto odia busca junto a su gato, su laboratorio y la música en el volumen más fuerte posible, desentrañar un antiguo secreto que le permitirá crear una valiosa sustancia, pero que poco a poco comienza a ser perseguido por peligrosos espíritus que buscan robar sus secretos.  La película es simplemente un delirio visual, capaz de mezclar comedia, suspenso y fantasía en lo profundo de un bosque americano, en lo que resulta ser una metáfora que, disfrazada de épica, esconde un relato sobre adicciones y miedos.

 Siempre es interesante ver la filmografía de un director en orden cronológico, ya que nos permite ver como evoluciona y se perfecciona (o desperfila) un estilo. En este caso bastaron cuatro años para que Joel Potrykus lograra materializar su sello, uno que nos presenta historias políticamente incorrectas, personajes fuera de lugar capaces de ver los males de nuestra sociedad, que se alimentan de la chatarra, se enferman y vomitan hasta las entrañas para darle frente a lo que parece un escenario poco favorable.

 El cine de Potrykus es una lección para el cine independiente, historias sencillas pero críticas, poco digeribles para paladares sofisticados, un grito de resistencia al cine comercial norteamericano. Cuando el director entró para presentar su primera película en el festival, observó que muchos vestían de negro y no pudo evitar decir que se sentía a gusto, ya que (y en sus propias palabras) su público son quienes simpatizan con el punk; y es inevitable no fijarse en una serie de detalles en todas sus películas que hablan por las generaciones de sonidos estridentes y bocas deslenguadas. En resumen, sus películas son como comer una bolsa de doritos, la más grande, la que robaste del supermercado más cercano para saciar el bajón, los doritos mas crujientes y pazosos posibles.