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"Fue tanto lo que pasó, que es mejor olvidarlo": El Mocito

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octubre 13, 2011 | No hay comentarios



El Mocito

El hombre, cuando se condiciona a su espacio, termina siendo una traducción de él. Termina mimetizándose, haciéndose parte -voluntaria o involuntariamente- de ese sistema. Jorgelino, un adolescente cesante que obtiene trabajo como mozo en una casa de torturas, y que puede subsistir con aquel trabajo, nació y creció encerrado asimilando como normal que se exterminara de la forma más rastrera, más siniestra, más dolorosa. Lo normal era el dolor, la angustia y la felicidad de ver cómo el otro se extingue, se transforma en decadencia, en trozos de carne, se les despoja de nombres, apellidos, familias y afectos. El hombre transformado en nada, en dolorosa violencia fundamentada en la patria y los valores.

El Mocito es el documental que registra el proceso interno de Jorgelino, aquel que lo lleva de ser un paria, un clandestino, un encubridor de asesinos, a ser un colaborador en esclarecer aquellas violentas sesiones en que él fue testigo como el simple mozo que lleva el café o le daba almuerzo a los prisioneros.

El Mocito es, sin duda, el primer documental cinematográfico que realiza Marcela Said y Jean de Certeau, alejándose del periodismo de sus anteriores documentales para televisión como Opus Dei o I Love Pinochet. Sí conserva la inquietante decisión de retratar el mundo de la derecha: comprender y estudiar al otro como quien se obsesiona por aquellos mundos vedados y oscuros a los que no tenemos acceso, como aquellos cajones de los muebles que adornaban las incólumes casas de nuestros abuelos. En ese sentido, El Mocito es un documental tremendamente valioso, como testimonio y registro de cuán extenso fue el daño de una dictadura, que nunca fue tan blanda como explicitó el dictador.

Aún más, la película es una metáfora finalmente del sistema capitalista, aquel que usa personas de manera tan simple como las desecha. El hombre sirve en la medida que es útil, pero puede fácilmente convertirse en la lacra que debe esconderse para existir. Mísero, bañándose en ríos y comiendo conejos que él mismo caza, Jorgelino debe huir de la sociedad porque quienes saben quién es él, lo marginan por su historia, por su vida.

Sin embargo, El Mocito es un film cuyas intenciones se escapan del retrato y la conclusión, o mejor dicho, del pequeño gesto universal. El interés por la búsqueda de la imagen “que lo diga todo en su absolutez”, del gesto mínimo, de aquello que grafique el arco dramático de Jorgelino, termina por dejar de lado la metáfora y optar por convertirse en la búsqueda del héroe.

Es ahí cuando el montaje decide uno entre dos caminos: la frialdad de la historia cruel y maravillosa como es, con sus contradicciones y ambigüedades, versus la construcción de un personaje. La película así opta por concebir dramáticamente un héroe, o un antihéroe, o un hombre con matices que podría constituir una alegoría. El plano final, en que vemos a Jorgelino nuevamente escapar solitario, es una forma de graficar cómo este hombre popular, lleno de rencores como de temores, arrastra una vida que no es sino la vida del país, aquella que aún tiene el olor a sangre en las manos de quienes están en el poder, pero que no duda en ocultar, fingir o despreciar. Los resabios de una dictadura terminan siendo los dolores de lo oculto, lo inconcluso, aquello de lo que es mejor no hablar.

El Mocito, narrando el mundo popular con un curioso ojo extranjero, pasará a la historia como el documental que ingresa en el mundo del dolor por medio de los que supuestamente triunfaron. Aún así, escondidos, vilipendiados, insultados en la vía pública, los torturadores tienen a sus “mocitos”, perpetuando el dolor no sólo a quien fue humillado, sino a quien fue formado sin tener conciencia de que se hacía. La patria, así, no es sino vivir pidiéndole agua al vecino, comer conejos silvestres, admirar las armas aunque sean de juguete. El mundo de Jorgelino, surrealista para algunos de nosotros, es el cotidiano de muchos, es parte de nuestra sociedad.

La película quizá sirve también para revisa cuál es el estado de nuestro país, indagar en nosotros mismos y en la intolerancia, en los marginales. Aquel 44% que obtuvo el SÍ en 1988 quizá está más latente que nunca, y El Mocito nos lo devela por medio del hombre caído que no es capaz de encontrar a una salida al único mundo que conoce.