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"El Pejesapo"

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diciembre 05, 2011 | No hay comentarios



Aprovechando que El Pejesapo -ópera prima de José Luis Sepúlveda- vuelve a exhibirse en el FECISO Talca, recuperamos una antigua columna de Vittorio Farfán que revisa una de las películas más importantes del cine digital chileno, y quizá la única con verdadera vocación por rescatar la identidad popular.

El Pejesapo (2007) – Director: José Luis Sepúlveda

Para el chileno en promedio, el cine nacional se resume en profundos cuestionamientos, como mostrar los “pechos” de Tamara Acosta, y el pasado de éste, fue mostrar los “pechos” de Marcela Osorio. ¿Por qué ese prejuicio? Simple, la gente sólo lee los titulares del diario, ve la cartelera de las cadenas de cine, va al videoclub a arrendar películas con suflé y una bebida de litro. Toda la gente vive o dice vivir, mientras por abajo e incluso por sus pies se mueve la lava caliente que vuelve, nos vuelve y convierte a la gente en ceniza.

Pero no todos los realizadores chilenos hacen un cine que sólo tiene como meta estos estrenos con esas tristes y apolilladas alfombras rojas, afuera de una sala de cine que da a un patio de comidas de algún mall de nuestro exitista Chile, donde después van los participantes de la película a comentar el poco sushi que tiene el cóctel.  Existen otros que más allá de hacer un cine para cumplir sus metas personales y sueños individuales, buscan formas, crean preguntas, se plantean realidades, se descubren nuevos ángulos de los cuales reflexionar y un montón de cosas que a veces ni ellos las entienden, pero los que sigan… los que sigan, verán.

Uno de los grandes casos y la gran obra olvidada (o ignorada por el masivo) del 2007 es El Pejesapo, que debe ser una de las películas más habladas gracias a su propio peso y no por una sobrevaloración lograda por alguna campaña de publicidad. Para un ojo banal acostumbrado a la cháchara mercantilista y los matinales, este film sería sólo una película mal hecha, con esos temas clásicos del cine chileno: golpe de estado y pobreza. “Yo quiero ver tierras mágicas y vaqueros disparándose rayos Telsa”. Eso es lo mejor de El Pejesapo, tener claro que el público no merece piedad, la beneplacia que se la dé su familia. La paz cuando termine la eterna guerra, no apela a un discurso de sentir pena de que uno salga a donar sus cuatro pesos cuando te lo piden en la caja del supermercado. Demuestra los resultados de hechos que ocurrieron hace años atrás y a cómo éstos afectan el presente, cómo estos hombres deambulan en un mundo cojo, un mundo que predecía Maquiavelo y soñaba Cardenal Richelieu. ¡Un mundo que es reinado por el individualismo!

La historia abre con un hecho tan cotidiano en la historia de la humanidad en sus máximos momentos de autodestrucción, que es cuando en las aguas flotan cadáveres. Ésta es la historia de uno de ellos que es rescatado por unos campesinos, que viven en un campo seco donde las opciones son recoger piedras, mirar cómo funciona un colector de agua o tratar de encender un tractor oxidado. Trata de simpatizar con ellos, pero sin resultado, hasta que decide ir a la cuidad.

Cada hecho no es sólo un acontecimiento por el que uno tiene que estar preocupado de qué va a pasar o no va a pasar. Aquí se concentra en lo que el director quiere mostrar. Principalmente, el film enfatiza el resultado de una sumatoria de hechos que no ocurren ante el espectador. Pero son estos hechos los que crearon a estos personajes que divagan, que nunca tenemos claro que están desvariando, agonizan, logran el umbral de la genialidad, están enfermos o simplemente nos están mintiendo.

El uso de la cámara en mano, a la cual los esnobistas gustan llamar “Dogma”, para mí es sólo simple cámara en mano. Es directa, es cruda, no es porque sí, tiene más ritmo y una fluidez que uno agradece. A diferencia de los films del compatriota Luis R.Vera, esta cámara es camaleónica, logra mimetizar a los personajes en sus ambientes, crea momentos claustrofóbicos, donde el granulado de la ausencia de luz nos da un sabor a que vemos espectros subsistiendo en un medio inhóspito.

Algo que muchos han destacado son las logradas actuaciones, en especial las del protagonista Héctor Silva. Una persona eléctrica, que logra una atmósfera de complicidad entre el director, el entorno, la forma, el mensaje y el medio (¿se entendió? Ni yo). Da una sensación de que tal vez los personajes no actúan, incluso es un poco confuso llamarlos actores. Estamos en ese umbral de ver actores o personas reales, o que nuestras personalidades son meras actuaciones, nuestras corazas para nuestros débiles y frágiles centros. Existe una complicidad, una libertad de ellos. No están recreando, se están exorcizando, matando a ese virus del lenguaje que habla Burroughs.

¿Qué se puede destacar de José Luis Sepúlveda, director en este film? Que no apela al plagio de viejas vanguardias, no cae en la porno-pobreza como sí lo hacen muchos cineastas del barrio alto al mostrarnos supuestos films de la cruda realidad social. No apela a los convencionalismos de la curva aristotélica, ni crea un caos formado, armado por la decisión de una pirinola, aunque la búsqueda de nuevas formas, también implica una gran experticia y una objetividad que nadie sabe de dónde viene, ni dónde aparecerá.

Pero más que divagar en profundidades incoherentes y mares sin fondo, El Pejesapo me hizo reflexionar sobre el individualismo social, individualismo colectivo y cómo va a mutar el homo sapiens con este virus. El Pejesapo apela en muchos pasajes al comportamiento de subsistencia, con el que esta sociedad nos enseñó a pensar que existen oportunidades, siempre y cuando apeles al principio de Darwin, “la ley del más fuerte”, como un ser al que se le enseña a sólo vencer a otros y soñar con la grandeza. Al mismo tiempo tiene que crear una familia, tiene que enjaularse en el sedentarismo sin oportunidades, si al final sólo quiere más y más. Cómo tiene que resignarse mientras ese cuerpo ya le tomó el sabor a la carne. ¿Cómo ese ser ya disgregado puede apelar por una lucha colectiva? ¿Cómo acabo con mi egoísmo? ¿Somos la sangre de una máquina agonizante?

El discurso social del film nunca se pierde. Este film ocurre en esas zonas, pasado esas rejas de las carreteras donde manejamos a 140KM/H, con nuestros autos de patente de 4 UF con sello verde y TAG. Los miramos como seres miserables, pero no nos damos cuenta que fractálicamente, Chile es esa zona para los países G8. A pesar de todo, la reflexión tiene que buscar una nueva forma más allá del “Cogito ergo sum”, del afrancesado Descartes. Tal vez puede que sea un agonizo, me asomo al umbral, abro los ojos, miro y reacciono.

Por Vittorio Farfan