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Desde la opinión al punto de vista

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| junio 29, 2011 | No hay comentarios



“La educación es algo admirable. Pero de vez en cuando conviene recordar que no es posible enseñar ninguna cosa digna de ser aprendida.”

Oscar Wilde 

Richard Porton en su libro “Cine y Anarquismo”, nos recuerda que las bases del anarquismo están centradas, más allá de la conciencia proletaria, en la autogestión de la clase obrera, comprendiendo que el principio orientador de la educación anarquista es “convertir el deseo del estudiante, antes que la voluntad del instructor, en el elemento motivador del aprendizaje”.[1] Ello implica la necesidad de no emitir juicio, de dejar la moral a un lado y permitir que sea el otro quien realice la reflexión, ya que como dice Marcel Proust “no recibimos la sabiduría, debemos descubrirla por nosotros mismos, después de un viaje a través de lo inexplorado que nadie más puede realizar por nosotros”.[2]

Para comprender la diferencia entre un cine de opinión y un cine que permite el análisis crítico, citaremos dos obras cinematográficas chilenas, que parten de la misma base: mostrar la realidad proletaria de nuestro país, sin miramientos ni concesiones, pero que sin embargo, están separadas por una diferencia fundamental; el lugar y el prisma, desde el cual muestran dicho mundo.

“Caminito al cielo” (1989) de Sergio Navarro y del antropólogo Alejandro Elton, se enmarca como uno de los primeros documentales chilenos, que muestra la realidad marginal de Chile de fines de los 80. Navarro expone aquí, mediante testimonios y la exposición de rutinas cotidianas, la situación de un grupo de jóvenes de la población de la Pincoya, que dedican la mayor parte de su tiempo al consumo de drogas.

Sin embargo, tras la intención de plasmar la realidad popular de Chile de esos años y utilizar el material con fines antropológicos, se esconde una opinión sesgada, que se hace evidente, por ejemplo, en el momento que se musicaliza el documento audiovisual con canciones cuyas letras refieren: “… virgen maría tu también fuiste su hermana, no permitas que lo mate, la maldita marihuana…”. Este es un ejemplo en donde queda al descubierto la opinión de los realizadores respecto a los jóvenes en cuestión y la función didáctica-moralista del material, siendo la droga el “caminito al cielo”, el mal que los lleva a la destrucción. ¿Dónde está puesto el ojo en la narración?, ¿Se desentraña la problemática de la marginalidad de aquel grupo esquina desde un marco objetivista?, ¿somos los espectadores quiénes nos damos cuenta de la problemática de aquel grupo de jóvenes o son los realizadores quienes nos la indican?

Diferente es el caso de “El Pejesapo” de José Luis Sepúlveda y Carolina Adriazola, en que se muestra la historia de un hombre que recupera su vida, luego que  infructuosamente intentara suicidarse. Sin embargo, la vida que recupera, lejos de la realidad de las comedias hollywoodenses y de las comodidades de la publicidad y las revistas, está relacionada con la condición social-marginal del personaje; perteneciente a la comuna de La Pintana, cesante, vinculado con una mujer con retardo mental, con la cual tiene un hijo, y con una personalidad y  hábitos que poco se acomodan a las reglas de civilidad y buenas costumbres descritas por Manuel Antonio Carreño.

Como espectadores, en ningún momento nos vemos sometidos a la opinión de los realizadores. La obra funciona más bien de manera expositiva, en que se nos muestra la historia desde el punto de vista del personaje principal, que cada vez que se encuentra con otra persona se ve enfrentado a puntos de vista divergentes al suyo. Esto permite generar la distancia crítica necesaria para que el espectador pueda reflexionar por sí mismo sin que nadie le diga cuál es el camino que debe seguir.

En ambas obras audiovisuales vemos una seguidilla de acciones que realizan los personajes, comprendiendo que las acciones hablan de la conducta de las personas. Sin embargo, la gran diferencia entre ambos trabajos radica en que en el primero existe una valoración, un juicio respecto a las acciones mostradas, en cambio en la segunda simplemente se exponen.

Esta última manera de abarcar una temática, ya es un punto de vista, una reflexión respecto a cómo generar que el espectador pueda pensar por sí mismo y con la libertad que ello requiere.

De este modo se recupera la noción de educación de Wilde, que refiere a que es uno quien decide qué aprender y qué no, recuperando libertad y autonomía en el aprendizaje.

 


[1] Paul Avrich, está citando en “Cine y Anarquismo”, Richard Porton, Ed. Gedisa, Barcelona, 2001, pág. 196.

[2] Marcel Paroust está citado en “Cine y Anarquismo”, Richard Porton, Ed. Gedisa, Barcelona, 2001, pág. 197