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Crítica: «Allende, mi abuelo Allende» de Marcia Tambutti.

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septiembre 06, 2015 | No hay comentarios



El afán de unidad

“¿Qué estoy buscando?”, se pregunta en un momento fundamental Marcia Tambutti, directora del documental Allende mi abuelo Allende y nieta de Salvador, luego de una conversación con uno de sus primos. Si durante parte del proceso de realización (8 años) no lo supo, en gran medida todo cobra sentido con los archivos que encuentra y que revela estratégicamente a su familia durante la película, que además protagoniza en cámara como indagadora nuclear.

Habiendo vivido casi toda su vida en México, Marcia Tambutti refleja un estado de las cosas clave: Hay fragmentación familiar, tanto geográfica como emocional, e incluso ideológica. La totalizante presencia en vida y el posterior desenlace de su abuelo ha marcado y disgregado a generaciones. Y es que la imagen pública de este abuelo orador y vividor es demasiado inabarcable, demasiado avasalladora, como para intentar un ditirambo cinematográfico más.

De todas las abrumadores posibilidades de asimilación que ofrece este documental, emerge un desafío bien específico que nutre todo su desarrollo. Lo reunido, provocado y capturado por esta película, funcionaría como una probable solución a esa atomización. La directora congrega a sus familiares, los aborda, e incluso presiona, para lograr que éstos vuelquen esa vitalidad contenida que guardan, pues esto que será fijado en este nuevo álbum de fotos privado-público. La meta: un nuevo entusiasmo que lo recompondrá, y, por extensión, a cualquiera que lo atestigüe.

¿Pero cómo provocar, en efecto, que brote de manera delicada y natural esa emoción potencialmente unificadora? Paso a paso. Primero indagando en los recuerdos, las percepciones más generales. Identificando qué conocen o creen conocen. Luego, instalando imágenes desprovistas de épica o política dura para gatillar reconocimientos o percepciones específicas: cercanía. Y, finalmente, cuando ya no hay defensas, revelar con pinzas lo realmente inusual, lo pedestre, eso que cualquiera puede reconocer por su universalidad: el humor. Cierto humor, distendido, hogareño. Lo visceral que rompe la barrera de la razón y la postura.

Claves son las interpelaciones reiteradas a su prima Maya Fernández, quien es una especie de albacea de un archivo oculto, y quien tiende a ofuscarse con la insistencia de su prima-directora. ¿Y cómo lidia aquella agonizante viuda con las infidelidades de su marido y otros escabrosos pasajes matrimoniales? Hortensia, nonagenaria, apenas se mueve, se evidencia agotada y esto tensa los encuentros. Pero deja en claro que nunca se quiso victimizar, ni con el caso “Payita” (la secretaria personal y amante de Allende). ¿Hasta qué punto su hija Isabel Allende, activa política hoy, se permite expeler lo que su hija –la directora– le incita verbalizar? “No arranques”, le dice Marcia en una escena decidora.

La nieta busca, indaga, cuestiona, incluso hostiga cariñosamente a su familia. Pero subyace un obstáculo, esa aprehensión que va más allá de este personaje en particular y aplica a cualquier individuo cargado de significado: los testimoniados, unos más otros menos, protegen y se protegen, eludiendo profundizar, evitando aflorar emociones, comentarios o imágenes contraproducentes, pues saben que aquello puede afectarles hoy en alguno de los ámbitos en los que se encuentran.

Allende, mi abuelo Allende es un artefacto bien aceitado –montado- que desde la intimidad, en apariencia inocente, posibilita externalizar una pregunta más grande y proyectiva: ¿Puede un clan reunirse verdaderamente a pesar del dolor, a pesar de las derrotas, y retomar cierto rumbo mediante un nuevo entusiasmo? A exactos cuarenta y cinco años del triunfo relativo de Allende en las urnas, la idea no deja de reflotar más allá de lo doméstica de esta búsqueda. Un brillo especial flota en los rostros compuestos cuando aparece la antigua filmación casera de un Allende de pantalones cortos haciendo morisquetas en una satírica puesta en escena, mucho antes de ser el Allende oficial. Y del humor brota lo más inesperado: la apertura, la soltura. ¿Cómo lograr, en definitiva, no ir de la risa al llanto, que cierto entusiasmo sea solvente e incluyente esta vez?