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Cofralandes I: Hoy en día (Rapsodia chilena)

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agosto 24, 2011 | 1 comentario



No conozco a Raúl Ruiz Pino. No supe de él sino hasta hace un par de años cuando entré a la Universidad a estudiar cine. Sé que mi padre lo mencionó cuando yo era niña y estoy segura de haber escuchado su nombre cuando en el colegio vi su adaptación de “Palomita Blanca” de Lafourcade. Admito que en ese primer encuentro sentí que algo andaba mal con la película, no se parecía a todo lo que antes había visto.

Incluso una vez dentro de la carrera evité a toda costa la obra de Ruiz. No me agradaba la atmósfera de la gente snob que hablaba de él como si se tratara de una divinidad. Como cuando mencionaban a Tarkovski y hablaban de “El espejo”, o todo lo experimental y el surrealismo al que pudiesen referirse, la metafísica e incluso los simbolismos.

Lamento de la misma manera haberme llenado de prejuicios sólo porque algunos se quedaban en el éxtasis de las sensaciones, mas no en lo que pudiese decantar en el fondo de nuestra mirada y llenarnos con la enseñanza libre de reglas que nos entrega la obra de Ruiz.

Por lo anterior, mi intención tampoco ha sido colocar a este artista en un altar ni ensalzarlo con versos ni piropos, sino que a modo personal busco reivindicar mi mal juicio y reconocer que he aprendido al menos a ponerme a prueba y sentir con las piezas cinematográficas de este cineasta puertomontino. Y si de paso logro con esto formular tesis acerca de la obra en particular a la que haré referencias, sean bienvenidas y de paso discutibles.

De la vasta obra de Ruiz, me introduje a ciegas en la serie “Cofralandes” de 2002, encontrando en ella la atractiva idea de un viaje hacia la memoria y, a partir de ella, la interpretación que se despliega entorno a Chile.  Para defender dicha tesis haré referencias a su primer capítulo, “Hoy en día (Rapsodia Chilena.)”

En primer lugar, quisiera referirme a la idea del viaje tanto como un traslado físico, temporal (en el relato así como en la lógica métrica interna) y sonoro. Un viaje de la memoria creado a partir de la superposición de imágenes y sonidos, dejando en eco frases y poesía, grabaciones de radio y canciones, entregándose a la posibilidad los espectadores de presenciar un mismo viaje pero llegando dentro de éste hacia diferentes destinos, alcanzando en su propia gestión la posibilidad de construir un relato dicho de diferentes modos.

El recuerdo como eco de la memoria que se desplaza serpenteando en esta serie de 4 capítulos, presentada como paradoja pura en donde habitan personajes nacionales hablando desde diferentes rincones, ya sea la lingüística o la antropología, para dar razones al cómo y por qué somos los chilenos de determinada manera. Y sin terminar allí, lo fascinante es cómo se relaciona en cada intento el origen de nuestra cultura con la influencia de lo foráneo,  en una suerte de espejo proyectado hacia un otro que también nos observa, catalogando el pasado en criollismos y museos, en donde las batallas se han perdido y se exhiben mediante ironías fuertemente inteligentes.

Su discurso entonces, el que refiere a este estado etéreo de la memoria, no ha dejado de ser político como algunos en más de una ocasión señalan. Más allá del evidente collage utilizado en códigos audiovisuales de montaje y la construcción de la banda sonora de esta serie, están también los personajes, ciertas representaciones con nombres y algunas anónimas que se mantienen a lo largo de este viaje como si se trataran de estados de ánimo, estereotipos truncados por elementos oníricos, figuras que aparentan ser algo que, sin embargo, ha sido tocado por la confusión. Son también extranjeros tratando de explicar Chile, en su rústico español con acento oxidado (el alemán, el inglés, el francés) tratando de desenvolverse en conversaciones atropelladas, sonrisas incómodas, dibujos y nuevamente contradicciones. Porque aunque quisieran dar una opinión puramente foránea, ellos reproducen lo que los propios chilenos dicen de sí mismos. Porque incluso cuando sus orígenes están en el Viejo Continente, al tiempo en contacto con los chilenos y su cultura se torna inviable la labor de separarlo todo. Y así no sólo nos confundimos en laberintos culturales, sino que podemos ver cómo el extranjero nunca pertenece a esa loca idea de una objetividad que pueda dar sentido al precisamente sin-sentido de nuestra cultura, a la idea del progreso cruzada con la necesidad de mantener un relato mítico y tradicional.

La mirada muchas veces tras los vidrios humedecidos por la lluvia, rayados o sucios, siempre en movimiento, creo son un reflejo de lo anterior. Un plano nunca ofrece sólo un punto de atención, sino diferentes puntos de referencia para darnos, en cierto modo, los instrumentos para asociar sin discreción el cómo mirar el siguiente momento de la película. Imágenes constituidas de reflejos, capa sobre capa, sin decir una sino múltiples cosas a la vez.

Desde secuencias agotadas en sí mismas hasta imágenes que pareciesen haber quedado cortas de tiempo, el discurso de Ruiz en Cofralandes es, como de esperar de las obras de este autor, de difícil digestión. Así como alguna vez se dijo “el cine es más grande que la vida”, y por tanto éste no constituye en sí mismo la manera ni la moral en que el mundo debería desenvolverse, no tiene por qué ser  ésta la máxima de lo abstracto, ni de manera pensar que se trata nada más que de una corriente de la conciencia. Hace uso de algunos elementos que podríamos parafrasear en la literatura, pero no es sólo aquello, ni  la liberación del código ante un conjunto de elementos reconocidos clásicos del lenguaje cinematográfico; lo que a mi juicio logra Ruiz, es definir y re-escribir la dialéctica a través de esos elementos, las texturas del video, las capas de sonidos y las voces que provienen no sólo de distintos espacios sociales, sino también de diferentes fuentes sonoras, ya sean canciones antiguas que se van repitiendo durante el recorrido (sean instrumentales como propias del folklor chileno,) diálogos a través de radio, discursos, poemas recitados, los murmullos de un hombre que recuerda, en fin, trabajando la memoria desde otra forma en el cine y no el mero libertinaje que ofrece la experimentación.

Sé que no conozco a Raúl Ruiz Pino, y que si bien aprendí con el tiempo que el cine es un asunto de educación para el público, una herramienta de transformación y cultivo de ideas, la obra de éste autor no se aleja de ningún propósito mencionado. Cofralandes, con su fórmula de humor irónico, logra desconcertar y alterar el orden dentro del mundo del espectador tomando todo aquello que conoce o pudiese al menos inferir respecto de los códigos visuales y narrativos para cruzarlos descaradamente, dándonos una lección sobre nuestros orígenes y, al mismo tiempo, sobre cómo representar lo irrepresentable. En este “Hoy en día” para inaugurar su serie, el primer capítulo representa sin dudas una verdadera pieza musical. Una obra compuesta libremente en torno a diferentes temáticas, disfrutándose con brillantez la melodía de una verdadera Rapsodia, viajando a través no sólo del espacio sino también de la memoria. Una melodía que sin dudas, no podré sacar de mi cabeza. Cofralandes, la tierra donde todo pasa como dijo Violeta Parra.