Artículos /

Chacho Urteaga y su Operación Alfa: Elementos peligrosamente culturales

por

| junio 29, 2011 | No hay comentarios



Mientras estuvo en Chile, Enrique “Chacho” Urteaga aseguró que nada lo movería del país pero su cinta de 1972, Operación Alfa, lo posicionó en la lista negra de cineastas de la Unidad Popular, viéndose obligado al exilio. Ahora reside en Venezuela, donde ha formado a una importante camada de fotógrafos. Desde allá nos narra, a sus 84 años, que se ha sentido como ciudadano pleno en cada lugar donde le ha tocado vivir, al tiempo que rememora la experiencia de vivir y trabajar con Raúl Ruiz.

-Al revisar reseñas de la época, a Operación Alfa se le atribuye un montaje habilidoso. ¿Concuerda con Eisenstein cuando afirmaba que el cine es el montaje?

Totalmente de acuerdo con don Sergio. Cuando se terminó  el montaje de “Alfa”, armamos una exhibición en una sala de Providencia para ver la película en condiciones lo más aproximadas posibles a una proyección normal. Asistió todo el equipo, incluidos obreros, técnicos, actores y un grupo de amigos. Terminada la película, todo el mundo se miraba desconcertado pero nadie decía nada. Roto el hielo del primer momento, nos reunimos la plana mayor de “Alfa” y algunos amigos. Gustavo Moris, mi amigo del Instituto de Santa Fe, fue lapidario: “Esta cinta es una mierda”, dijo, y comenzó la disección. La mujer de Gustavo abrió el fuego diciendo “no te ves por ningún lado. El Chacho que yo conozco no está ahí. Falta tu espíritu, tu chispa”, a lo que el  marido agregó: “te la tomaste demasiado en serio”. La película era un plomo, estaba descompensada. La primera parte parecía durar tres horas y la segunda, quince minutos. Resulta que por un problema de celos, el montador, que también fue coguionista, se peleó con el productor ejecutivo y no encontró mejor forma de expresar su rabia que haciendo un montaje totalmente ceñido al guión, tirando por la borda el trabajo de un año. Aunque tenía fecha de estreno pautada, decidí dilatarla un mes, periodo durante el cual hicimos pequeñas tomas de apoyo y me aboqué personalmente al montaje, sin descuidar ni un instante la supervisión de la edición. Conclusión: se hizo, ahora sí, un montaje creativo.

-¿Cuán delgada fue la línea entre la ficción y el documental en Operación Alfa?

El guión fue estructurado a partir de las declaraciones judiciales de los jóvenes participantes del atentado al General René Schneider. Inclusive hay escenas donde se manifiesta el escaso profesionalismo de los actuantes con comentarios socarrones de la preparación del mismo, descalificando la actuación de los derechistas de Patria y Libertad. En síntesis, el film corresponde a los desesperados intentos por evitar que Allende asumiera el poder, “titiriteados” desde Estados Unidos por el inefable Kissinger, entonces Secretario de Estado. No había ni un asomo de mención a Pinochet, puesto que su acción transcurre en 1970, lo que evidencia la habilidad de los responsables de Cannes que ligaron la película al golpe de 1973, produciendo una conmoción publicitaria que redundó en una fuerte atención al festival de 1974.

-Héctor Soto decía que Operación Alfa buscaba movilizar a las masas en favor de las transformaciones que promovía el gobierno de la Unidad Popular. ¿Cómo lidiaron con el guión para que la película no terminara siendo panfletaria?

Operación Alfa fue desde sus orígenes una película diseñada para impulsar el proceso político de la Unidad Popular y la elaboración del guión transitó siempre por una senda muy estrecha, acompañado por el fantasma de lo panfletario. Pero la mejor manera de ilustrar cómo se evitó el exceso es con escenas como la de la reunión de militares golpistas en Valparaíso, donde un general le pregunta a un marino: “¿Hablaron con el general Schneider?”. En la escena siguiente, se ve la mano de un marino de alto rango que se acerca en primer plano a un cenicero donde reposa un cigarrillo humeante y la voz en off responde: “Usted intentó hablar con ese cenicero”. Esta reacción cortante frenó lo que podría haberse convertido en un panegírico panfletario. En otras oportunidades se recurrió al chiste musical al cual eran adeptos los chilenos.

-¿Como cuáles, por ejemplo?

En una de las escenas iniciales, que transcurre en la casa de un publicista de derecha a pocos días del golpe, la música de fondo de la reunión social es la marcha de la marina estadounidense en tiempo de jazz. Doble mensaje que no deja muchas dudas de su contenido. Las conversaciones giraban en torno a la huída de los asistentes a distintos lugares, como Mendoza o Miami. En un momento que la conversación se está volviendo realmente panfletaria, aparece un aviso de prensa: “Vendo por viaje al extranjero un perro pekinés virgen”. Estas brutalidades -o si se quiere, licencias- hicieron que un crítico la catalogara como la “más chilena de las películas chilenas”, en alusión al hecho de que toda la plantilla del filme estaba integrada por argentinos. Las veces que entrábamos a las salas donde se proyectaba la cinta para captar los comentarios de la gente, me tocó escuchar muchas veces la expresión “¡qué animales… qué brutos!”, en medio de risas, señal de que habíamos dado en el clavo.

-Usted vivió durante cierto tiempo en casa de Raúl Ruiz. ¿Cómo fue esa experiencia?

Al poco tiempo de llegar a Chile con un grupo de teatro, se produjo un golpe de Estado en Argentina que condujo a la suspensión de nuestras visas y de todos los apoyos económicos pero no estábamos dispuestos a regresar porque nos estaban esperando para cazarnos. Se produjo una desbandada general y cada uno trató de asirse al primer madero que encontró, utilizando los pocos amigos que habíamos hecho en esos días. En ese momento yo tenía relación con Raúl Ruiz a través del cine, por su acercamiento al Instituto Experimental de la Universidad de Chile. Sin más preámbulos, me acogió en su casa durante quince días. El departamento donde vivía con sus padres en calle Huelén era sumamente acogedor y la atención de su familia era exquisita. Raúl, bastante más joven que yo, era lo más anárquico que se pueda pedir y sus amigos, jóvenes escritores, eran unos locos lindos. Él no le hacía caso en absoluto a las reglas del urbanismo. La madre, por ejemplo, tenía que andar todo el tiempo detrás suyo para que se bañara y cambiara de ropa.

-Pero usted le devolvió el favor…

Me hice la tarea el lograr que Raúl fuera a estudiar cine a Santa Fe, Argentina. Estuvo varios meses allá y vivió en mi casa. Imagina cómo se sintió mi madre con las extravagancias de este loco, pero a decir verdad le tomó mucho afecto a Raulito, como ella lo llamaba. Todavía hoy no entiendo cómo se me ocurrió enviarlo a estudiar cine a Santa Fe, cuyo instituto era la sucursal del neorrealismo desde su fundación, es decir, la antípoda de la militancia cultural de Raúl. Pero creo tener la explicación: el supremo afecto que siempre me mereció este niño.

-¿Qué nos puede contar acerca del rodaje de La Maleta?

La Maleta y Cambio de Guardia fueron los primeros ejercicios experimentales de Raúl (Ruiz). Yo hice  fotografía y cámara en ambas. Recuerdo que salíamos todos los días con mi cámara Bolex y trabajábamos sobre la marcha, en base a las ideas que se le iban ocurriendo a Raúl. Filmábamos a los actores que había citado para el día, generalmente alguno de los hermanos Duvauchelle u otro de su grupo de amigos. Más ó menos así de improvisado filmamos esas películas. Posteriormente realizamos varias adaptaciones de novelas para televisión en Canal 13, como Enterrad a los muertos y El abogado del diablo. Es proverbial la fecundidad del trabajo de Raúl, a tal punto que cuando era director en Canal 13, le llamé la atención porque todos los días aparecía con un guión nuevo que olvidaba al siguiente.

-Tengo entendido que usted y Raúl Ruiz entregaban los premios Frambuesa en el Festival de Viña

Todo empezó porque la delegación mexicana presentó un mediometraje que llegaba a dar calambres de tan ultraizquierdista. El jurado, o sea Raúl y yo, decidió otorgarle la CIA-FUESA de Oro por su invalorable contribución al desarrollo del imperialismo norteamericano. El dueño de un restaurante de Concón, más chalado todavía que nosotros, preparó un menú más que decente para la prensa a cambio publicidad. Así fue cómo terminaron dos enormes pancartas con fotos nuestras en las puertas del local.

-¿Alguna otra anécdota?

Durante el Festival de Cannes, es de norma protocolar que el director de la película programada conduzca el debate del foro final. El día que le tocaba a Raúl presentar su película La Expropiación, terminó la exhibición y él no llegaba. Como alguien tenía que asumir la representación del grupo chileno me pidieron a mí, que chapurreaba algo de francés, que lo hiciera en nombre de Ruiz. Estaba tratando de salir del paso hablando generalidades del cine chileno cuando de pronto aparece Raúl. Se había quedado almorzando en París con unos amigos, perdió el vuelo a Niza, gastó la plata del pasaje y tardó en encontrar quien le prestara dinero. ¡Eso era todo! Y el tipo llegó de lo más campante, sin importarle el despelote que había armado. Ese es Raúl Ruiz.

-¿Cómo fueron los días previos a su partida de Chile? ¿Por qué se fue?

Una vez dije públicamente que nunca me moverían de Chile porque me gustaba todo… pero Pinochet opinó otra cosa. Pensé que el golpe contra Allende era uno de los tantos acostumbrados en América Latina y que pasada la euforia y el reacomodo de los políticos, las cosas volverían de a poco a la normalidad. Yo formaba parte de los llamados cineastas de la Unidad Popular y al tercer o cuarto día post golpe, un amigo que era oficial de la Fuerza Aérea me avisó por medio de su señora, quien era prima de la mía, que había comenzado la persecución selectiva y que me había hallado en la lista de “Elementos de la cultura peligrosos”, por lo cual me aconsejó que me asilara de inmediato. Como tenía los papeles argentinos, me dirigí a esa embajada e ingresé con la colaboración de mi señora que distrajo a los guardias y alcancé a meterme en los predios del recinto, donde permanecí más de veinticinco días hasta que me dieron el salvoconducto por presiones internacionales. Estuve varios meses en Tucumán trabajando en un canal de televisión universitario. Posteriormente, viajé por varios países presentando “Alfa” en diversos festivales de Francia, Alemania y Polonia. Permanecí más de dos años en Francia, asistiendo a cuanto acto político hubiera por la resistencia chilena.

-¿Por qué eligió Venezuela? ¿Tenía amigos esperándolo?

Tatiana Carvajal, mi señora, era activista política y se radicó en Buenos Aires hasta que la policía política la conminó a abandonar el país en un plazo perentorio. La salvó de males mayores el que fuera exbecaria de Naciones Unidas en dos oportunidades. Como tenía una prima en Venezuela que estaba casada con un gringo que dirigía una zona educativa en el estado Lara, hacia allá se enrumbó tratando de buscar un poco de tranquilidad para los niños. Yo me enteré en París por medio de una amiga venezolana que me mostró en un mapa dónde quedaba y qué era Barquisimeto, la capital de esa región.

-¿Qué opinión le merece el fomento del Estado venezolano hacia la cultura y puntualmente el cine, mediante organismos como la distribuidora Amazonia Films y la Villa del Cine?

Hacer cine acá era una utopía como en todos nuestros países, hasta ahora que el gobierno lo emprendió como política de Estado. La prueba está en los organismos que usted menciona donde no hay segregación de ningún tipo. Puedo mencionarle el caso concreto de Leopoldo Castillo, quien tiene un programa de televisión en el canal más rabiosamente opositor al gobierno. Uno de sus hijos recibió financiamiento para una película, sin que importara su origen político. Cuando me tocan el tema del fomento a la cultura por parte del gobierno popular, no puedo menos que darme cuerda y enloquecer de gozo con la política de Estado hacia la cultura en general.